Tierra y Divinidad

Aceptar y percibir a La Tierra como Divinidad es la gran asignatura pendiente de la mayor parte de la humanidad, pues los verdaderos Misterios encerrados en ella, han sido olvidados e ignorados de forma sistemática gracias al ímpetu de las religiones en inculcar la idea de Dios como una fuerza poderosa, foránea, externa a nosotros y al propio planeta.

Ciertamente tal y como apuntan todos los textos sagrados de todas las tradiciones de conocimiento y civilizaciones “los Dioses creadores vinieron de las estrellas”. Somos portadores de ADN extraterrestre y en este sentido tenemos un origen Divino externo que nos infunde de inteligencia y poder como principio masculino “Creador”. Nos crearon y del mismo modo somos también Creadores.

¿Pero, que hay de lo que ya está creado?, ¿no es Divinidad también? Olvidamos que La Tierra misma es Divinidad, es “Creación”, el principio femenino de todo lo creado, la consciencia interna que nutre y sustenta.

La Tierra, como Ser, es la suma que abarca toda la consciencia física, emocional, mental y espiritual que se desarrolla en el planeta y funciona como una red o campo de energía información a la cual todos sus organismos están interconectados. Esta gran “computadora inteligente” solo ha sido comprendida y aceptada como Divinidad por las tradiciones chamánicas e indígenas y por ciertos círculos místicos.

Nuestros cuerpos contienen parte del mismo material molecular del que está hecha La Tierra y, en esencia, somos lo mismo pero codificado de forma diferente. Somos Creación también y Dios no debe de quedar tan lejos de nosotros como nos han querido hacer creer.

Entonces sería acertado pensar y sentir que somos Divinidad llevando la unión de dos principios Creador-Creación, uno masculino otro femenino. Somos un fruto único en el universo que solamente se puede dar aquí en este planeta. Somos seres Divinos y nos sostenemos gracias a una frecuencia muy especial: el amor.

La razón, el intelecto y las creencias nos han permitido avanzar técnicamente pero nos ha privado y separado de nuestro corazón: hemos dejado de sentir, hemos dejado de acudir a nuestra fuente primordial de conocimiento: nuestro cuerpo y la propia Tierra. Y desgraciadamente nuestro cuerpo ha caído en el olvido, apenas lo conocemos porque está prácticamente desarraigado de la energía terrestre. Somos apenas mentes andantes en cuerpos insensibles y bloqueados.

Nuestro cuerpo debería volver a ser naturaleza, respirar en la tierra, sentir esa poderosa unión con el entorno, para reconectar de nuevo con la Gran Madre Creación. Necesitamos ser dueños de nuestro “cuerpo sintiente” de nuevo, ser naturaleza de nuevo para nuestra propia Evolución y Comunión Divina.

Ahora bien, solo en resonancia con la naturaleza podremos activar las claves del despertar de nuestra divinidad, ya que la misma naturaleza nos refleja la belleza, la bondad, la virginidad, la beatitud y la inocencia de nuestra propia esencia que permanece encerrada en la prisión de la mente. Sin el contacto con la naturaleza no seremos capaces de descodificar la información que reside en la Gran Alma del planeta, la gran consciencia que posee toda la información de como fue creada  y las grandes claves sobre las dimensiones y seres que la forman.

Importante y grandioso sería que todos los seres que habitan el planeta Tierra se sintieran como “Hijos Divinos”, unidos por una gran hermandad, de una gran Alma-Consciencia, sintieran que forman parte de un Ser y de un gran plan de Evolución conjunto.

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